y sin pagar impuestos), y un trabajito o beca bien remunerados, regresan a Cuba a especular; se compran una casa o se la tumban a alguien. Dicen ellos mismos de sí mismos que se han convertido en personas de culto, qué risa, por dios, qué poca vergüenza y todavía menos modestia, qué estupidez tan inmensa. Y al instante, y lo que resulta más oneroso, se convierten en agentes del régimen. A trabajar para que se hagan concierticos por la paz en la plaza de la revolución, y a contarles a los “ingenuos” que en Cuba todo ha cambiado, que ya debemos pasar página, olvidar y perdonar, qué cínicos, como si ellos vivieran del olvido y del perdón. ¡Qué siniestros y sobre todo, qué indecentes en el peor sentido de la palabra! Yo viví en una época en que incluso la indecencia era tierna, era bajarse los blúmers debajo de una escalera, o hacer el amor en una azotea o apretar en el Malecón. No, ahora la indecencia lleva carnet y es militante castrista, el carnet tiene forma de libro o de cuadro, en la mayoría de las ocasiones; y en sus páginas, como en las telas, se cuentan las mismas ponzoñas que contaron en el pasado sus protagonistas reales; los robots sociolistas empiezan entonces a desenterrar mártires. ¡Pobre gentuza sin vida propia que se aferra a la de los demás para poder existir!
Es probable que Juanes, al inicio, haya sido víctima de esta gente, como Benicio del Toro; aunque al segundo lo conocí y enseguida me olió a ñángara envilecido. Juanes ayer hizo alarde de ubicuidad: Mientras afirmaba en Telesur que lo habían amenazado de muerte y citaba de manera errónea e inculta la frase de Voltaire con la que lo apoyaron en Twitter en lugar
...