Tres semanas después, los investigadores visitaron a los pacientes en sus casas y les midieron la variabilidad de la frecuencia cardíaca y los niveles de la hormona del estrés cortisol en la saliva.
Uno de cada cinco pacientes informó sentir angustia extrema y miedo a morir, mientras que dos tercios experimentaron reacciones emocionales más moderadas. El estudio halló que las personas más jóvenes, más pobres y solteras (lo que posiblemente indica aislamiento social) eran más propensas a tener reacciones intensas.
El miedo a morir se asoció con un aumento de cuatro veces en los niveles de TNF al momento de la admisión en el hospital. Tres semanas después, se halló que los niveles de TNF estaban relacionados con una menor variabilidad de la frecuencia cardíaca y con niveles más bajos de cortisol.
Los niveles más bajos de variabilidad de la frecuencia cardíaca se han asociado con tasas de mortalidad más altas después de un ataque cardíaco, mientras que los niveles más bajos de cortisol podrían indicar que el organismo no está en capacidad de revertir la inflamación causada por un ataque cardíaco.
Los investigadores se sorprendieron dado que haber tenido antes un ataque cardíaco no influyó en qué tan asustados estaban los pacientes.
El estudio tiene algunas limitaciones, incluido el hecho de que alrededor del 23 por ciento de los pacientes se retiraron luego de tres semanas; había pocas mujeres; y la mayoría de los pacientes habían tenido infarto del miocardio con elevación del segmento ST (ST-elevation myocardial infarction, STEMI), el tipo más grave de ataque cardíaco, lo que significa que los hallazgos realmente no pueden extrapolarse a los ataques cardíacos no STEMI.
"Este es un estudio muy pequeño, incluye mayormente a personas con ataques cardíacos STEMI y, para la mayoría de
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