La vida de estos ancianos cubanos transcurre diariamente bajo la más triste inclemencia, solamente Dios podrá apiadarse de ellos, y acabar con tanto descalabro humano.
La vida de estos ancianos cubanos transcurre diariamente bajo la más triste inclemencia, solamente Dios podrá apiadarse de ellos, y acabar con tanto descalabro humano.
"... No se han preguntado cuántos cubanos entrarán aún en las cárceles y cuántas mentiras urdirán las autoridades para mantener al pueblo
cubano oprimido e impotente ante la represión. Así no se contribuye a la democratización..."
Los cubanos arrastramos el enorme lastre de ser isleños, lo cual significa que estamos enclaustrados por las fuerzas del mar y las
armas, y para escapar del encierro tenemos que arriesgar nuestras vidas en el Estrecho de Florida, procurar un pariente que nos reclame
desde algún país, una ciudadanía por herencia o un matrimonio con extranjero, o ir a la cárcel.
Se nos niega la libre información para que continuemos creyendo que vivimos en el mejor de los mundos posibles, aunque ya la mayoría lo
duda por la precariedad de la vida cotidiana. Ni radios de onda corta, ni televisión extranjera, ni teléfonos móviles, ni equipos de fax,
ni Internet, que representa -según las autoridades-un peligro para la humanidad. No amigos extranjeros y pocos turistas.
Caudillos hemos tenido a lo largo de la historia como buenos latinoamericanos, dignos herederos de los españoles. El pueblo fue alegre, bullicioso y emprendedor, pero apacible y crédulo. Tuvo grandes ilusiones con una revolución que en 1959 le ofreció el Edén,
si se sacrificaba por corto tiempo y creía ciegamente.
Cuba tuvo una metrópoli, España, que gozó del privilegio de la insularidad, el garrote y la reconcentración de Valeriano Weyler para
retener la "Joya de la Corona", última colonia en sublevarse y finalmente desgajarse a fines del Siglo XIX. Contó con un vecino en el
Norte, hacia el que miraron con admiración los criollos ansiosos de emanciparse, unas veces añorando la anexión y finalmente la