Soy de esa extraña estirpe de cubanos que no tenían tierras, ni dinero, ni edificios, ni fábricas, ni oro molido en los ingenios...
Sin embargo, fue mucho lo que me arrebataron los traidores de enero: lobos barbudos, diablos con medallas, falsos libertadores del puñal al acecho.
Cuando yo vuelva a Cuba, quiero que me devuelvan, por ejemplo, el ancho muro de mi Malecón donde yo iba a soñar mis terribles insomnios habaneros.
O me sentaba a contemplar el agua: húmeda pared que ahogaba mi silencio y le vedaba el Norte a la impotencia de encontrar libertad en el aire extranjero.
Cuando yo vuelva a Cuba, quiero que me devuelvan, por ejemplo, el Carnaval de Oriente con su tambor y su aguardiente nuevo; con sus mulatas de cintura ágil y sus farolas de cintura al viento.
Donde el escándalo se hacía música por el milagro oscuro de unos dedos, que le arrancaban al tambor un tridimensional temblor de espejos.
Cuando yo vuelva a Cuba, quiero que me devuelvan, por ejemplo, aquella risa de la gente humilde que se metía hasta en los mismos huesos; aquellos gritos de la abuela que llevaba a la escuela un mar de nietos; aquel "hasta mañana" de las noches con luna en el alero, y aquellos "buenos días" con el sol cocinándonos el pelo.
Cuando yo vuelva a Cuba, quiero que me devuelvan, por ejemplo, el pregón que violaba los balcones, el pulso busca vida de mi pueblo; las ventas en la calle de Muralla; el peculiar silbato del cartero; el ruido de tacones del Paseo del Prado y el Capitolio Nacional con su brillante adentro.
Cuando yo vuelva a Cuba, quiero que me devuelvan, por ejemplo, el beso azul del mar transmutado en la luz de Varadero, playa que más que playa se merece otro nombre: Privilegio.
Lugar único del planeta donde los hombres pueden tocar el cielo.
Cuando yo vuelva a Cuba, quiero que me devuelvan, por ejemplo, una tumba en Oriente, la del Martí poeta y habanero,
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